Parte de la mística de Tlayacapan es este ex convento que ha quedado como símbolo de la misión agustina del siglo XVI.
Su arquitectura típica a los conventos principales de la zona, se conserva gracias a la fiel concurrencia de su comunidad, quien rinde culto en su nombre: San Juan Bautista, patrono del pueblo.
Gracias a las tareas de conservación sucedió un hecho insólito.
Debajo del altar mayor se hallaron treinta y nueve sepulturas de niños momificados. Al quitarlas del ambiente que había propiciado su momificación, sólo "sobrevivieron" diez de ellas. Desde entonces, éstas se quedaron en una antigua sala del ex convento para exposición.
Las momias correspondían a niños y adolescentes. Aún conservan sus prendas de vestir, su fisonomía muscular y esquelética. Su piel está petrificada. Su muerte data de los siglos XVII y XVIII y su aspecto aparente sumado al sitio privilegiado donde estaban sepultados denota que eran hijos de españoles. Esto se deduce de que en aquella época, sólo la gente rica podía pagar tributo a la Iglesia y así tener mejor acceso al Reino de Dios. La gente rica de ese entonces era la clase colonizadora.
Los cajones tenían otras particularides llamativas. Por un lado, estaban muy decorados porque según la tradición cuando moría un niño significaba que "era un ángel de visita por la tierra por lo que se lo velaba con alegría". Además, los cajones tenían una hendidura para que "entrara o saliera el alma".
Este suceso es quizás lo que ha acentuado el misticismo que nutre a este pueblo.
La sala que hoy alberga a las momias funcionaba como almacén o despensa en época del convento. En un gran salón contiguo estaba el "refectorio" donde los monjes conversaban y reflexionaban sobre los sucesos cotidianos y también era el comedor. Al otro lado había un cuarto oscuro y cerrado donde los monjes debían cumplir una penitencia silenciosa y ermitaña cuando cometían algún pecado. Durante la misma muchos se expresaban pintando y dibujando mensajes y sentimientos religiosos en sus paredes. Hoy en día, estos frescos se conservan plenamente.
Tanto el interior como el exterior denotan su grandeza y hegemonía. Sus espacios amplios, su ubicación egocéntrica, sus techos altos y sus paredes macizas demuestran su imposición. Y su permanencia connota su aceptación, voluntaria o involuntaria.