Travesía Sagrada Maya 2007 – La primera
Opiniones en comunidad

abril 16, 2010
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Después de muchos años de tener presente y recordar un momento inolvidable, me solté a compartirlo por escrito: La Travesía Sagrada Maya.

En esa época vivíamos en Playa del Carmen y cuando nos enteramos de esta oportunidad inmediatamente nos miramos y dijimos "Lo hacemos". No había duda acerca de vivir esta experiencia.

¿Cruzar mar abierto en una canoa de madera? ¿Desde Xcaret hasta Cozumel? ¿Podremos?

Para cuando nos enteramos y decidimos hacerlo, quedaban 15 días para el día del evento. Y ahí nos enteramos que había sesiones de entrenamiento, cosa que muchos estaban realizando desde hacía meses. Y nosotros sólo teníamos 15 días para aprender a remar.

Algo de condición física teníamos por nuestra frecuente actividad deportiva, pero si bien ayuda, no resuelve el tema de no saber remar.

En fin, participamos de dos mañanas de entrenamiento nomás y decidimos soltarnos a la aventura. De todos modos, como fuimos lo últimos en anotarnos, el equipo de remeros de nuestra canoa estaría integrado por "los de último momento" que por ende, éramos los que casi no habíamos entrenado pero las ganas nos sobraban. Así que para bien o para mal, nuestro equipo estaba parejo.

Los entrenamientos eran al amanecer. Ardua tarea era despertarse a las 5 am para llegar a Xcaret y con el fresco del amanecer agarrar un remo grande y pesado de madera que parecía una espátula gigante de cocina, subirse a una canoa inestable y soltarse al mar... a remar.

Los días previos al evento, las lluvias típicas del Caribe no dejaron respiro y parecía que no tendríamos suerte para el día de la travesía. El sólo hecho de pensar en que el mar pudiera estar movido nos intimidaba y nos hacía sentir que estábamos locos en arriesgarnos.

Llegó el 31 de mayo, la aventura de trasladarnos a otra época comenzaba. La cita fue en la playa de Xcaret con el mar Caribe de escenario. Habían montado la escenografía de los antiguos templos mayas, muchas personas estaban vestidas con los atuendos típicos de entonces. Comenzó la narración y su representación ambientándonos al ritual que los antiguos mayas vivían previamente a cruzar desde Polé (Xcaret) a Cuzamil (Cozumel). Era una peregrinación que realizaban cada año para venerar a Ixchel, la diosa de la luna, las mareas y la fertilidad, cuyo santuario se encontraba en Cuzamil. En canoas rudimentarias de madera los mayas atravesaban el mar llevando sus ofrendas.

Con la llegada de la noche terminó la primera ceremonia y nos despedimos para reencontrarnos a las 4 de la madrugada en el mismo lugar desde donde emprenderíamos la travesía.

Durante la noche, la lluvia no cesaba, no sabíamos que nos deparaba. A las de 3 de la madrugada nos despertamos con toda la pereza del mundo, pero el simple hecho de pensar que nos perderíamos esta oportunidad, la primera en la historia, nos quitó de la cama.

Lloviznaba mientras caminábamos pro las calles de Playa del Carmen, acarreando los remos pesados, hasta la parada del colectivo que nos llevaría a Xcaret.

Al llegar a Xcaret nos sorprendió el movimiento de gente que había y la energía que trascendía.

¡Y eran apenas las 4 de la mañana! Los organizadores nos entregaron nuestros trajes ¿qué? Así es, nos vestimos simulando antiguos mayas. Las mujeres teníamos un vestido (tipo harapo) de manta con una faja tejida de un tono rojizo y un collar de cuentas.

Los hombres llevaban algo así como un taparrabos grande de manta y una cinta amarrada a la cabeza. Te pintaban un poco la cara y el cuerpo.

La lluvia había parado. El sol quería salir entre las nubes oscuras y mientras lo hacía milagrosamente fue despejando el cielo. Y con ese hermoso paisaje del universo, comenzó el ritual. Nos acomodamos en las canoas, todas numeradas con la numerología maya. Y de un momento para otro, comenzamos a remar mientras los primeros rayos del sol nos iluminaban.

Ese momento fue emocionante. La gente nos despedía como cuando zarpa un barco del puerto deseándonos los mejores augurios.

Poco entendíamos qué estábamos haciendo ya que nadie lo había hecho antes pero parecía que todos sentíamos lo mismo y mágicamente nos habíamos unido en un sentimiento fuerte que sobre todo guardaba respeto y orgullo por quienes lo hicieron antes.

En breve, todas las canoas ya estábamos separadas, cada cual iba a su ritmo y a pesar de que teníamos que seguir una ruta delimitada naturalmente, las ondulaciones espesas del mar nos distanciaban.

Durante la remada, buscamos encontrar la mejor estrategia: intercalamos remadas hacia un lado y hacia otro, contábamos uno y dos, a veces más, otras íbamos en silencio, inventábamos canciones, etc. Lo que teníamos en claro era que necesitábamos motivarnos constantemente. El cansancio, el esfuerzo, las ampollas en las manos, los calambres en las piernas, el dolor de espalda nos quería hacer quebrar. La meta parecía estar cada vez más lejos. Estuvimos a punto de voltearnos en varias ocasiones, pero sólo pasaba cuando uno hacía algo diferente al resto. Interesante, ¿no? El mar estaba a nuestro favor, tal como dicen "después de la tempestad, viene la calma".

La sensación de estar en mar abierto color Caribe, sin nada ni nadie alrededor, el mar suave, el cielo despejado, el sol liviano, la brisa fresca, era única e irrepetible ¡¡¡y nosotros flotando en una canoa de madera!!!

A lo lejos empezamos a ver los enormes buques de los cruceros y dado lo grande que se veían creíamos que estábamos muy cerca de llegar. Pero claramente, la diferencia de tamaños nos estaba engañando.

El tramo final fue el más pesado porque ya no dábamos más, quien sabe cuántas horas llevábamos remando pero parecían eternas. Hubo momento en casi largamos todos y nos tiramos al mar a nadar, pero no era opción realmente. Subirnos al barco de rescate tal vez, pero tampoco. La idea de abandonar lo que estábamos haciendo no era noble, no la disfrutábamos.

La adrenalina empezó a correr por dentro nuestro cuando pasamos junto a los cruceros y nos dimos cuenta que ahora sí estábamos por alcanzar Cozumel.

Fue muy gracioso cuando nos vimos junto a los cruceros y sentimos la diferencia como una hormiga junto una persona.

Las remadas finales tenían sed de llegar. Y finalmente ¡¡¡tocamos tierra!!! La mayoría de las canoas ya habían llegado, creo que fuimos la anteúltima pero no era competencia así que el orgullo y la satisfacción de haber llegado era el sentimiento que nos movía. Al bajar de la canoa, nos caíamos al agua de tan entumidos que teníamos nuestros cuerpos. Estábamos felices, conmocionados, no entendíamos nada! No sentíamos el cuerpo, sólo el corazón latir.

Recuerdo que se acercó Oscar Cadena para entrevistarme y de tanta emoción que tenía ni la cámara de tv me intimidó, al punto de soltarme a hablar sin parar y en mi humilde mexicano.

Y así celebré mi cumpleaños viviendo una experiencia única y revitalizante, inolvidable por cierto, tanto que a tres años de haberla vivido, la recuerdo plenamente y me sigue emocionando.

Un rato después nos invitaron a unirnos al cruce de regreso, de Cozumel a Xaman-ha (Playa del Carmen) que sucedería al día siguiente, pero elegimos quedarnos con el sabor y el cansancio de ese día. El ritual seguía en la orillas de Cozumel y hacia la tarde nos regresaron en el ferry.

Al día siguiente como buenos anfitriones fuimos a recibir a los remeros que venían desde Cozumel y a disfrutar de la ceremonia que daba cierre a la primera "Travesía Sagrada Maya" de nuestros tiempos. Demás está decirlo que la recomendamos con muchísimo entusiasmo.

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Comentarios (1)
Ese día cumplí con mi cuota de remar para toda la vida, fueron 58 kms intensos que cumplimos en 5 horas y media. La verdad, de no haber sido por Lú no lo hubiera logrado, más de una vez quise aventar el remo e irme nadando pero ella nunca se quejó, lo cual me ayudó a mantener cordura y paso.

Cuando llegamos a Cozumel todo lo demás no importaba, habíamos logrado el reto (y más que nada el reto con uno mismo).

Una gran experiencia.

Saludos,
Gorka
Comentado por Gorka
- abril 26, 2010 @ 11:31 am
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