Hay experiencias que te mueven por dentro, que te dejan un mensaje o muchos, que te llenan el espíritu viajero, que siguen siendo un gran recuerdo en tu mente.
Habíamos leído de un safari fotográfico en jeep que se solía hacer en Real de Catorce y todo el altiplano potosino, pero cuando llegamos allá y conocimos a Boni, nos dimos cuenta que aquella denominación sólo era una marca comercial. Si es un safari, si es fotográfico a más no poder, pero es mucho más que todo eso.
Arrancamos temprano en la mañana para aprovechar todo el día, el recorrido tomaría de 6 a 8 horas. Había imaginado un jeep moderno, pero para sorpresa de nuestra ansiedad, se trataba de un jeep de los años '50. En dos tonos llamativos de verde, con la ventana del parabrisas rasguñada, de interior esquelético, pero con mucha pasión sobre ruedas. Esto sí que sería un safari. Emprendimos el reto Real, como Boni le llama a su safari.
Partimos desde Real de Catorce tomando el antiguo camino real, un sendero de ripio, estrecho y vertiginoso. Este sendero ladea una montaña y fue creado en la época de las haciendas mineras hace por lo menos dos siglos. El camino real conectaba la estación de ferrocarril con todos los pueblos hasta llegar a la cabecera municipal que era Real de Catorce. Y los jeeps eran los taxis que trasladaban a la gente. En su defecto, lo hacían a lomo de burro y carreta. Esta era nuestra primera imagen histórica.
Bajamos al socavón tras atravesar el Paso del Diablo que evidentemente tiene su leyenda (luego les cuento). El socavón es literalmente el túnel de una antigua mina por donde transitaban y trabajaban los mineros. Allí nos encontramos con un chacuaco y varios edificios que serán los talleres de la mina. Esta mina en ruinas fue la primera postal del recorrido por el antiguo Real.
Entramos al socavón y caminamos un corto tramo, el frio húmedo calaba los huesos.
Regresamos al jeep que para entonces era nuestra principal atracción, como juguete nuevo. Continuamos hacia Refugio de los Catorce, el pueblo nativo de Boni. Cuenta la leyenda o el corrido popular que debe su nombre a que en sus inicios cuando la región empezaba con la minería, había un grupo de bandidos y ladrones provenientes de Zacatecas que iban a robar a las minas potosinas y allí se refugiaban. Para abreviar el nombre, hoy comúnmente se llama Los Catorce. Aún se conservan estructuras de la época minera, como un puente y parte de otros edificios. Aquí se ha tirado abajo mucho de lo que había ya que es una zona de manantiales y se quiso aprovechar para agricultura, por lo que se ven muchos árboles de aguacate (principal producción del pueblo). Visitamos la Iglesia del Refugio, muy austera por fuera, con su puerta labrada de mezquite y un campanario de metales corroídos muy pintoresco.
Seguimos ruta, pasando por Estación Carreta, un pueblo que así se llamaba porque antiguamente era una estación intermedia donde los mineros paraban a descansar tras el largo trayecto del camino real.
Bajando de la montaña, llegamos a Estación Catorce, la estación de ferrocarril que mencionaba al principio. Segunda postal pintoresca. De ahí nos metimos al pueblo y llegamos hasta Estación Wadley, la última estación de tren antes de ingresar al desierto sagrado.
De lo alto a lo plano. El desierto se lucía en una planicie infinita. A lo lejos, muy a lo lejos, la Sierra Madre lo protegía.
Bienvenidos a Wirikuta. Y ahí vinieron a mi cabeza las imágenes folclóricas de las peregrinaciones huicholes. Mucho color, mucho sentimiento, mucho respeto por la madre tierra.
Un camino blanco polvoriento nos introducía entre las praderas frondosas de cactáceas. La mayoría de las especies que vi ahí nos las había visto en los desiertos del norte y de la península californiana. Biznagas rojas, palmas yucas con sus dátiles, magueyes silvestres, sangre de dragón, choyas, muchos cactus pequeñísimos y entre ellos el sagrado peyote. Bajamos a caminar por el desierto. Era un laberinto de cactáceas, había que mover con cuidado de no pincharte o clavarte algo y al mismo tiempo de no dañar la vegetación.
La mayoría de las especies cactáceas exóticas son endémicas, por eso es un área natural protegida. Y en particular por el peyote, una cactácea milenaria, endémica y sagrada para la cultura huichol. Los huicholes hacen peregrinaciones de 80 km (tradicionalmente a pie) partiendo desde Nayarit, Jalisco y Zacatecas, y llegan a Wirikuta que es el nombre sagrado en huichol de este desierto en busca del peyote. El peyote es una planta naturalmente alucinógena lo cual les permite comunicarse con sus dioses por medio de un ritual que de hecho realizan en el Cerro del Quemado, un centro ceremonial ubicado dentro del desierto.
El ritual tiene en primer lugar un acto de respeto a la madre tierra, el peyote se poda de tal manera de no matarlo de raíz y que siga regenerándose. Un peyote tarda 40 años en crecer a tal medida que tenga la mayor concentración de sus propiedades. Esta es una razón más que importante para que su trato sea de sumo cuidado y respeto.
Nos encontramos con un semicírculo de piedras rodeando tres pequeños peyotes. Los huicholes hacen círculos de piedras alrededor de los peyotes que espontáneamente el chaman o sacerdote elige para extraer. Encontrarnos con esa imagen fue un momento especial. Y con eso cerró nuestro encuentro con Wirikuta.
Por cierto, Wirikuta está declarado por la Unesco como Patrimonio Cultural y Natural de la Humanidad. Esta distinción la tienen muy pocos lugares en el mundo y se fundamenta en el valor histórico cultural y natural al mismo tiempo de un espacio en la tierra. Es una distinción fabulosa que fortalece el respeto por este lugar místico y espiritual.
Saliendo de Wirikuta, empezamos a subir nuevamente la montaña. Atravesamos una frontera natural donde el paisaje y el clima cambian drásticamente. Algunas cactáceas como las palmas yucas y enormes magueyes se escabullen entre los pinos y encinos. Es impactante este cambio en la naturaleza, de lo plano del desierto a lo alto del bosque de pinos y encinos en cuestión de escasos kilómetros.
Tras un camino estrecho de ripio, con pozos pronunciados y pendientes muy empinadas, el jeep atravesaba su mayor reto: llegar hasta la cima, a tres mil metros de altitud.
Aún no podemos asimilar como un jeep de los '50 logró esa subida. Boni era un maestro al volante, nos transmitía mucha confianza y seguridad a pesar de la dificultad y vértigo del terreno. Logramos el objetivo, llegamos a la cima. Otra vez la planicie, pero esta vez a tres mil metros de altura. Ovejas y cabras pastaban la cima. Algunos magueyes enormes decoraban la pradera. El paisaje en toda su circunferencia era maravilloso. Las montañas parecían comerse entre sí. Otra postal más para nuestro viaje. Con el jeep nos tomamos un montón de fotos, era el marco perfecto para la foto del recuerdo. Caminamos un rato y contemplamos la majestuosidad de aquel paisaje.
Ya era la tarde y en lo alto hacía frío. Bajamos entre los pequeños montes hasta un bosque de encinos donde hicimos una peque fogata y la familia de Boni calentó unas tortillas de maíz al fuego directo y con un guisadito disfrutamos de un picnic a lo mexicano. Qué mejor que abrigarte con el calor de una fogata y la calidez de una reunión entre amigos. Conversamos y disfrutamos de ese manjar que nos devolvían energía para el regreso.
El retorno era mecedor, después de la comida, en descenso, otra vez el calorcito del sol de la tarde, el paisaje de magueyes añejos ya colorados y las imágenes del viaje vivido pasando como fotografías por nuestra mente. La última parada fue La Luz, otro pueblo fantasmal de minas en ruinas.
Y para terminar el recorrido llegamos a Real de Catorce a través del Túnel del Ogario, un final mítico.
Está demás agregar que fue una experiencia alucinante, llena de emociones de paisajes contrastantes y en convivencia con una familia lugareña que nos transmitió la pasión por aquella tierra tan hermosa.
¿Cómo llegar y hacer esta actividad?
En auto tomas la carretera 57 hacia Matehuala. Unos kilómetros antes (si vienes desde Monterrey o Saltillo) o después si vienes desde San Luis Potosí, está la desviación hacia Cedral y Real de Catorce. Pasando Cedral estará la desviación hacia Real de Catorce, el tramo final es un empedrado hermoso rodeado a ambos lados por el desierto y las montañas a lo lejos, es uno de los caminos ruteros más hermosos de México. Son unos 24 km que se harán en 40 minutos.
Para llegar en autobús, hay que llegar a Matehuala (desde Monterrey, D.F., San Luis Potosí, etc.) y desde Matehuala salen autobuses con cierta frecuencia diaria a Real de Catorce.
Nuestra recomendación es contratar el tour con Boni, es un guía muy especial que da un tour bastante único. Su agencia se llama Bonny Willis Jeep y su celular es 488 1015109 y su teléfono es 488 111 2151. La única manera de localizarlo es r teléfono, si no contesta es porque está en un tour. En último caso, pueden preguntar por él en los hoteles. El ofrece además otros tours que combinan experiencias culturales y naturales.
La experencia fue unica, todo es emocionante y mistico, deja una gran huella con ganas enormes de volver a regresar.
Agradezco mucho sus palabras escritas, pues es asi como lo describen.
Y que decir de Bony, un gran ser humano con su esencia y su vibra tan maravillosa-
Reciban un gran abrazo, seguire buscando sus comentarios de otros lugares-
